miércoles, 23 de septiembre de 2015

La conquista de un Reino. ¨Capítulo III¨

Amaneció un sol que destellaba la mirada…

Elías ya tenía el carruaje montado, Fénix estaba listo para tomar rumbo hacia palacio.

    Ya despidiéndose, Elías y Martha quedaron bajo el arco de la casa, con cara de alegría por la visita de Agustina, lo contrario a Edith, ella mostraba tristeza en los ojos, no sabía cuando volvería a ver a Lucía y por qué se sentía así.




-   Tened buen viaje, tenéis agua, paja para el caballo y os eché queso y pan.  - Dijo Elías.
-   Muchas gracias por todo, ha sido un placer poder disfrutar de estar en la aldea en vuestra compañía.

Lucía miró a Edith a los ojos mientras se ponía su capa…

 -    No estés triste, sonríe porque se ilumina tu mirada, estoy segura que volveremos a vernos.

Ambas se abrazaron despidiéndose, Lucía robó esa sonrisa que esperaba de Edith.

-        Vamos Lucía, ya está todo listo.

-        Sí, no hagamos más larga la despedida, hasta otra, gracias por todo.

   Fénix tiró del carro mientras Lucía miraba hacia atrás moviendo su mano. Dejando el camino a lo lejos, partieron.

Lucía preguntó:

-        ¿Agustina, crees que Edith se quedó bien?
-        Claro mi niña, se le pasará.
-        Me da pena no habernos podido quedar más, sinceramente he vivido algo impresionante y he aprendido muchas cosas, finalmente nadie descubrió nada y eso me hace sentir orgullosa, porque así padre nos dejara volver.
-        Estás en camino, ¿y ya estás pensando en volver?
-        Confieso Agustina que no sabría como explicarte como me siento, pero dentro de mí hay mucha paz.

    Se hizo el silencio entre las dos, el camino a palacio trascurría tranquilo, entre la arboleda se veía la luz del sol traspasar por sus ramas, una bella imagen para dejarla en el recuerdo…

Tras haber recorrido una larga distancia, ya se veían las puertas del reino y a su llegada, Agustina tocó la gran compuerta.

Paso a Lucía, Hija del Rey Alfredo de Calatañazor.  - Gritó el soldado de puerta.

      Se abrieron las compuertas del castillo, recibiendo a Lucía y Agustina, la reina asomada a su balcón batía su mano saludándolas con una sonrisa en su cara.

    Lucía cogió su telar y subió las escaleras rápidamente, su madre la recibía con los brazos abiertos.

-        ¡Lucía hija! no sabes lo largo que se me hicieron estos dos días, cuéntame, ¿cómo se lo pasaron?
-        Muy bien madre, allá todo es diferente, la aldea, su gente, nos quedamos a dormir en casa de los primos de Agustina, Elías y Martha, ellos tiene una hija de mi edad y me enseñó muchas cosas, mira lo que os traje, este telar me lo regaló Elías, y el carboncillo es de la aldea.

    Agustina reía al ver a Lucía tan eufórica, miraba a los ojos de Catalina y asintió con la cabeza, así le hizo saber que todo estuvo bien y no hubo tropiezo alguno.

Lucía se dirigió donde colgaba sus telares pintados, y su padre irrumpió en la habitación.

-        Señorita, ¡por fin de vuelta!
-        Padre, ¡qué alegría de verle!

Lucía se enganchó al cuello de su padre sin casi dejarlo respirar.

-        Hija, hija, ya me estoy haciendo viejo para estos trotes, ja, ja, ja. - El padre reía.
-        Mira lo que le traje, es unos de los mejores telares que encontré, y además fue regalado, no sabes padre lo que aprendí, y bueno, también aunque no lo creas, os eché un poco de menos.
-        No te creo. 

      El Rey reía con Lucía a carcajadas, sabía que en tan poco tiempo y con lo bien que se lo había pasado Lucía, era imposible que los tuviera presente.

-        Fénix se portó muy bien padre, y la familia de Agustina nos recibió y acomodó en su casa.
-        Me alegro Lucía, realmente es lo que esperaba, que disfrutaras.
-       Había música por las calles, gente con máscaras, y muchos puestos para comprar, hacer trueque, y un bosque, jamás olvidaré ese prado verde con cipreses, y mira, mira, si lo hubieras visto padre, era el pájaro más bonito que había visto en mi vida.
-        Bueno, bueno, hija, ya me cuentas con más detalles en otro momento.
-       Sí, padre, me espera Fénix en la caballeriza tengo que darle su premio, lo tiene más que merecido.

Lucía se dirigió hacia la caballeriza para darle un buen baño a Fénix, ese momento relajante en pompas de jabón…

-        Ven aquí campeón. - Lo sacó del establo.
-        Esto te lo has ganado.

Mojó sus manos en la pastilla de jabón, y empezó a frotar tras sus orejas y por su cuello, Fénix se quedó quieto, le gustaba su baño y sobre todo cuando Lucía le refregaba con el cepillo.

-      ¿Sabes Fénix? Sólo han pasado horas desde que no estamos en la aldea, fuiste un campeón dejándote montar, ¿tu también la echas de menos verdad?
Se que no puedes contestarme, pero eres mi único apoyo aquí, tus orejas me escuchan, pero no saldrán palabras de tu hocico, tú eres mi mejor cajita de secretos.

   Lucía subió a la habitación, la noche ya caía y la inmensa luna asomaba por la ventana, se bañó y recostó en su cama mirando hacia la ventana, y susurró…

    ¿Por qué te tengo tan presente?, tu mirada, tu pelo de oro, no lo entiendo pero siento como si algo dentro del corazón trotara como un caballo desbocado que me está enloqueciendo.
Allá donde estás, tu luna es semejante a la mía, tus estrellas te guían y se que nuestros caminos se volverán a cruzar, si no es ahora, será en otra vida…

    En la aldea días después Edith agarraba su saco y a Drago, su energía le impedía que estuviera serena en casa, necesitaba desencadenar esos pensamientos, tomar aire puro, muchas cosas se le pasaban por la cabeza, aunque ninguna de ellas podría llevar a cabo, ya que no sabía absolutamente nada de Lucía.

-     Qué torpeza la mía, ¿cómo no se me ocurrió preguntarle por su aldea? Pasó el tiempo tan rápido estando aquí.
-        Madre una pregunta ¿tu no sabes dónde se dirigía la tía Agustina?
-  No Edith, tía Agustina siempre fue muy reservada y nosotros tampoco quisimos incomodarla preguntándole.
-        ¡Pues vaya! No podremos visitarla.

    Edith se despidió de su madre y empezó a caminar hacía el bosque con un sólo sentido ese inmenso prado verde en las orillas del río Milanos, donde el espectáculo de pájaros se dejaban ver y así dejar su ratito de libertad a Drago.

En el Reino…

-        Padre salgo al jardín. - Dijo Lucía.
-        Sí, hija, más tarde te acompaño, ve tú.

    El precioso jardín, aún estando en otoño era acogedor, aunque en primavera resplandecían sus grandes y cuidadas flores. Sentada en un banco y pensativa estaba Lucía, escuchaba los pájaros cantar, y todo regresó a su cabeza, esos árboles llamados sauces llorones, el ruido que emitían con el roce de sus ramas y el agua al pasar de la rivera.

-        Hija, ¿Qué te ocurre? -  La llegada de Alfredo la sorprendió.
-        Nada padre, sólo pensaba, sólo dejé mis pensamientos volar.
-        Pero, estabas feliz, tus ojos brillaban, te noto decaída estos días atrás.
-        No padre. - Contesto Lucía abrazándose a él.

    Mientras, al otro lado de las montañas, Edith se sentó en el mismo tronco a contemplar el paisaje, Drago volaba bien alto.

En el jardín…
    
-    Hija, pensé que este año en la fiesta de entrada del otoño sería una buena idea que hagamos unas jornadas en el pueblo de mercader, y darles la oportunidad para que vendan sus productos, su gastronomía, después, podríamos dar una fiesta en el castillo de puertas abiertas e invitarlos a la fiestas de máscaras.
-        ¿Pero lo dices en serio padre? No me lo puedo creer.  - Lucía se levantó con énfasis del banco donde estaba sentada con el Rey.
-        ¿Y madre, que va a decir ella? Ya la estoy escuchando diciéndote, Alfredo eso no es posible.
-       Me dejas que le de la sorpresa a Agustina, se alegrará de saberlo, que ilusión padre, verás como te lo pasarás bien.
-        Cuida donde se lo comunicas, será feo que lo sepan todos y se entere la última la Reina.
-        Sí Padre, claro que sí.

    Lucía no dejaba dar botes de emoción, sería una de las mejores noticias que podría recibir, hacer una fiesta donde poder vivir nuevamente lo vivido y por supuesto poder ver nuevamente esos ojos Azules que tanto le cautivaban de Edith.

   ¡Agustina, Agustina! Corriendo por los pasillos de palacio buscaba tras de cada puerta la presencia de Agustina, para contarle los detalles de la fiesta que el Rey quería presentar para los aldeanos y sus nobles…

-       ¿Qué te ocurre niña? Estás enloquecida, ¿pasó algo?
-       Sí, Agustina, que padre celebrará en el castillo el inicio del otoño.
-       Claro como todos los años…
-      Ya Agustina, pero este será aún más especial. Porque padre decidió que los mercaderes vinieran con sus productos y así podremos ver a Martha, Elías y Edith.
-        Muchacha es una muy buena noticia.

Ambas reían abrazadas y pensativas…

     El Rey reunió a los nobles y a sus asistentes, para acordar fechas y promover en la aldea la organización de dicho evento, que cuidaría con cada detalle ya que a Lucía le fascinaba la idea.

-     Pues la asamblea termina aquí, dijo el rey con voz alta, sólo falta que los soldados se desplieguen y posen los manuscritos en aquellos lugares de la aldea donde puedan ser vistos y tomen nota de los mercaderes a presentar.
-    Señor, así se hará, yo Duque de Frías, me encargaré de todo en la aldea, y como siempre puesto a su disposición en lo que ordene.

Se cierra la asamblea, en pié…

Saliendo el Rey de la asamblea tropezó con Catalina en los pasillos.

-        Catalina, espera. - El rey llamo su atención.
-        Si, Alfredo, dime.
-      Ya hemos terminado la asamblea y el Duque de Frías se ofreció para organizar la fiesta que en palacio haremos del inicio del otoño.
-        No sabía que se haría una fiesta. - Dijo Catalina.
-      Sí, vi a nuestra hija apenada, y aquí en palacio sola, sin casi muchachas de su edad no puede disfrutar como muchas de ellas, pensé que sería lo más apropiado, dejar que se divierta, antes de que algún Duque o Marqués pida su mano.
-        ¿Y qué pensaste?
-        Pues en un día de mercaderes y fiesta nocturna de máscaras.
-       ¡Alfredo!
-      Sí lo sé Catalina, pero por qué extralimitarnos tanto, el castillo es seguro, estamos rodeados de soldados, aquí no pasará nada. No voy a exponerla a nada malo.
-        Está bien, confío en tu palabra Alfredo.

     La reina se retiró a sus aposentos cansada, pero antes pasó por la habitación de Lucía para hacerle saber que ya conocía la decisión que había tomado su padre de hacerle una fiesta…

Toco la puerta, toc toc…

-        ¿Se puede pasar hija?
-        Claro madre, que le trae por aquí, pensé que ya descansaba.

Lucía peinaba su cabello frente a un gran espejo dorado…

-        Me permites hija que te cepille.

     Catalina empezó a cepillar a la vez que acariciaba su cabello, sabía que Lucía estaba creciendo, que su mayor desvelo eran sus inquietudes, su deseo de saber, vivir y experimentar todo lo que en su mano no estaba.

-        Hija, no quiero que pienses que veto todo lo deseas, quizás siento que debo protegerte más de lo que lo hago y se que no es bueno, que no debería bloquear tus puertas por miedo a que te pase algo o te haga daño, para mí, eres única y fue tanto trabajo el que costó tenerte entre nosotros.
-      Madre, no te preocupes, yo entiendo vuestra posición, se que lo haces por protegerme, que deseas lo mejor para mí.
-        Sí.

Lucía se dio la vuelta y se echó en los brazos de su madre abrazándola fuertemente…

Tocaron de nuevo la puerta que estaba entre abierta.

-        Permiso señorita, lo siento señora no sabia que estaba usted aquí. - Agustina se inclinó con su saludo.
-      No te preocupes Agustina, ya me despedía de Lucía, espero que me enseñéis el traje que mi preciosa hija vestirá en la fiesta, yo bordaré su pañuelo.
-       ¡Sí madre! ¡Qué ilusión!

     Catalina salió hacia sus aposentos, mientras Agustina y Lucía se quedaron en la habitación decidiendo el modelo de antifaz que le gustaría llevar puesto, sólo faltaba una semana para tal radiante evento…

Mientras en la aldea…

Martha servía la sopa, hablando con Elías.

-     Ahora que no está Edith, quería hacerte referencia de que no la encuentro bien, la veo triste, hoy no quiso cenar y no se que le pasa, no habla conmigo, Elías.
-        Mujer, serán cosas de chiquillas, algo que le pasó en el bosque o quizás se sienta mal.
-       Yo sólo sé, Elías, que la visita de su tía le vino bien, nadie más que ella la entiende.
-      No pienses así Martha, la chiquilla confía en tí, es posible que en estos días se pare contigo hablar de que le ocurre, dale tiempo mujer.

   Entraba el sol por la ventana de la alcoba, Edith abría los ojos poco a poco, y puso sus manos tras la cabeza y se preguntaba a sí misma.

-        ¿Dónde estarás Lucía, cuando volveré a verte?

Ya levantada, se dirigió a desayunar…

-        Buenos día padre, madre.
-        Buenos días hija. - contestaron los dos.
-        ¿Qué es ese ruido de murmuro de la gente en la plaza, padre?
-       No lo sé hija, pasaron unos caballos hace rato hacia la plaza convocándonos para dar un comunicado a la aldea.
-      ¡Vamos padre!, ¡salgamos a ver qué es lo que dicen!  - Se levantó rápidamente de un bote y arrastró a Elías para que le acompañara a la plaza.

La presencia del Duque de Frías.

Silencio por favor…

    Los aldeanos murmuraban, hablaban entre ellos qué es lo que estaba apunto de ocurrir, pero jamás lo hubieran pensado…

    Yo, Duque de Frías, traigo un comunicado del Rey Alfredo, tierras de Burgos.
Queda a disposición su pueblo, para ofrecerles a sus mercaderes dos días de ventas en sus calles, con la posibilidad de estar en unas jornadas abiertas para festejar el inicio del otoño.
Los soldados apuntarán a todo aquel que quiera asistir a dicho evento, ya sea para vender sus productos, como para acompañar al Rey en su festejo.

-      ¡Padre! Es nuestra oportunidad, podríamos apuntarnos, quién dice que las ventas allí no vayan mejor que aquí, nuestros alimentos y telares son los mejores de la aldea, y claro, por qué no, podríamos asistir a conocer al Rey…
-       Sí, está bien, qué loca estás hija, tenías a tu madre preocupada.
-        No te preocupes hablaré con ella, aunque no será fácil que me entienda.
-       ¡Vayamos! Corre, comunícaselo a tu madre yo mientras esperaré para apuntarnos a la lista que el Duque menciona.

      Corriendo Edith se dirigió a la casa a comunicárselo a su madre, allí estaba Martha, recogiendo los enseres de telares, que no habían sido vendidos.

-        ¡Madre, madre! Tengo buenas noticias, han venido del reino para que la aldea vaya al pueblo a exponer nuestros productos, y a invitarnos a una fiesta que el Rey anunció.
-        Qué ganas tenía de verte así, hija, me tenías preocupada, qué alegría poder ir al poblado, así tendremos la oportunidad de que conozcan nuestros mercados.

Ambas se abrazaron…

 Su nombre y apellidos, familia que le acompaña.

-        Sí, señor, me llamo Elías de la Cruz, me acompañará mi mujer Martha y mi hija Edith.

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