viernes, 7 de agosto de 2015

La conquista de un Reino. ¨ Capítulo II ¨

La mañana siguiente…
Ilustrado por Verónica Oro Gar 

     Los gallos despertaban con su cantar. Mientras en la alcoba, Edith despertaba lentamente con una sensación única. El brazo de Lucía envolvía su cintura, sintiéndose acogida, levantó la cabeza para observar si aún dormía, extraña sensación, se quedó quieta, mirándola fijamente, su respiración era tan placentera que no quería despertarla, desprendía mucha ternura. La claridad asomaba entre los tablones de la puerta…

Una voz desde el comedor retumbó en la casa…


- ¡Chicas es hora de levantarse! no sean perezosas, gritó Agustina…
                                                                   
    Lucía se percató que le abrazaba y abrió sus ojos, rápidamente Edith se hizo la dormida para que Lucía no se sintiera incómoda, poco a poco fue apartando su brazo acurrucándose en su almohada. Edith se dio media vuelta hacía ella con los ojos cerrados, casi tan pegada una a la otra que notaban sus respiraciones y abrió sus lindos ojos azules.

- Buenos días Lucía.
- Buenos días.

Lucía se levantó de un impulso de la cama.

     No cruzaron más palabras, se vistieron una a la espalda de la otra, ni una mirada, ni una expresión en esa habitación, pero sintieron esa única sensación que no sabían como llamarla.

Una media sonrisa, una paz interior, algo nuevo…

Sentadas en la mesa desayunando se miraban una a la otra.

Lucía llamó la atención de Agustina.

- Agustina, quería preguntarte si podría ser… Si me dejarías ir…
- Vamos mi niña, dime, ¿qué te ocurre?
- Edith me dijo que hoy iría al bosque y me gustaría acompañarla.
- ¡Pero Lucía! - Exclamó Agustina.
- Ya se, ya se, he de tener cuidado, y lo tendré, me gustaría llevar un recuerdo a mis padres de este                lugar y qué mejor que el bosque y unas de mis pinturas para ellos, además nos acompañará Fénix.
- No te preocupes Agustina. - Dijo Elías.
- Edith sabe muy bien lo que hace y en este lugar es respetada.
- ¿Quien es Fénix? - Pregunto Edith.

Se dirigieron hacia el establo y allí estaba resplandeciente su larga y elegante melena.

- Te presento, Fénix, ella es Edith.
- ¡Menuda bestia! - Exclamó Edith.

    Fénix resopló ofendido, presumido de su talante y belleza se dejó tocar por Edith, acompañada de la mano de Lucía.

- Ven, acarícialo, es la mejor unión que puedes tener con un pura sangre, así conectaréis los dos.
 
   Edith se acercó colocando su mano sobre la mejilla de la cara de Fénix y Lucía guiaba su mano, fue moviéndola poco a poco para que entre ellos surgiera esa complicidad necesaria de confianza para poder montarlo.

- Jamás estuve al lado de una bestia así, ¿crees que me dejaría montar contigo?
- Sí, claro que sí a él le gustarás…

    Martha y Elías vivían muy cerca del bosque, varios caminos son los que llevaban a él, caminos boscosos, otros menos sombríos, hasta llegar a la gran colina, llenas de amapolas y cipreses…

- ¿Subes? Coge las riendas con fuerza y pega un salto. - Dijo Lucía.

    Edith se animó y con fuerza se cogió a las riendas y al poner la pierna encima de Fénix resbaló y cayó al suelo.

- Jajajaja. - Las dos empezaron a reírse como nunca lo hicieron…
- Creo que debería subir yo primera y así te podre ayudar desde arriba. Ven, dame la mano y apóyate  en     el tronco.

    Una vez arriba tocó con el pie el lomo de Fénix sólo con un roce, fueron adentrándose en el camino a aire de pasos.

- Y dime, Edith, ¿te gusta le sensación? A mí me encanta cuando galopa por el monte dejándome llevar            por las corrientes, dejándole que sea él mismo el que me guíe y descargue toda su tensión sobre la tierra.
- Es un sensación bonita supongo que será igual de placentera como cuando suelto a Drago y lo llamo   para   que venga a mí batiendo sus alas hasta llegar a mi brazo.
- ¡Habrá que probarlo! - Dijo Lucía.
- Yo estoy dispuesta, ¿y tú?
- Claro que sí, si Fénix me lo permite…
- ¡Dios mío! - Exclamó Lucía

    Estaba viendo muestras de que sus sueños existían, fantaseaba muchas veces poder disfrutar con su caballo en una pradera llena de amapolas rojas, monte verde intenso que el mismo reflejo del sol hacía deslumbrar con su mirada.

- Este es el mejor sitio donde puedes disfrutar galopando con Fénix, agárrate fuerte Edith…
- ¡Ia ia!, vamos Fénix…

    Lucía agarraba fuertemente las riendas, galopaba libremente sobre la pradera, Edith la agarraba cada vez más fuerte, la sensación que estaban compartiendo ambas era única, quizás no buscaban ninguna explicación porque intuían una de la otra que se sentían bien. Entre ellas el tiempo corría deprisa…

    Reduciendo su velocidad llegaron a una era abandonada, mientras Fénix descansaba, Edith enseñaba a Lucía como ponerse el guante para que no le rasguñara Drago, sacó el bolsito donde llevaba su presa, mientras que volaba por sus alrededores a grandes alturas, le explicaba como debía llamarlo para que viniese a ella, con el cuidado de alzar bien el brazo con su presa para que él lo viera bien.

- Sabes, nunca antes hice esto con nadie, Drago es muy especial para mí y temo lastimarlo, tienes que estar      segura al sostenerlo en la mano y no balancearte si no él te tirará con el impacto.
- Vale. Uff 
- ¿Preparada? No estés nerviosa confía en mí.
- Sí.

    Edith dio un fuerte soplido a su silbato, y drago empezó a gaznar descendiendo rápidamente buscando la llamada y su presa…

- Es impresionante, gracias de verdad por hacerme vivir esta experiencia, allá donde yo vivo, mis                    padres jamás me hubieran dejado disfrutar poder practicar el vuelo de un ave como el tuyo.
- Ven. - Edith cogió a Lucía por la mano y tirando de ella la llevó a un lugar un poco apartado del                    prado, se adentró hacia la arboleda, había miles de olmos y sauces llorones. Marcaba los pasos                    lentamente para no espantar toda la variedad de especies que les rodeaban.
- Se escucha como si el viento silbara, ¿es éste el lugar de donde me hablabas? 
- Ssshhhh, Edith tapó sus labios con su dedo mirándola a los ojos y le dijo cierra los ojos y confía en mí.

    Lucía la complació, cerró los ojos y quedó callada, cada vez más adentro sus cuerpos notaban la espesez de los árboles y la humedad del río.

- Siéntate y escucha, respira profundamente y abre tus ojos…

    Los sonidos hacían que los silencios fueran más cómodos, los pajarillos, las ranas, los sauces que yacían de la orilla del río, hacían de ello un sonido inolvidable. 

    Lucía quedó hechizada de tal paisaje, olvidándose de la realidad, nada que ver con el gran jardín de palacio y su fuente central, esto era más confortable, cientos de pájaros volaban sobre el agua, bailaban siguiendo sus corrientes…

- Podría retratar éste y mil paisajes como éste, pero se que a mi vuelta seguirá existiendo este                          hermoso lugar en mi mente. - Lucía sacó su telar y el carboncillo y empezó a pintar, cerraba y volvía abrir      sus los ojos mientras pintaba, Edith la observaba sonriente.-

- Estos pájaros son auténticos allá no tenemos la posibilidad de verlos, qué pena que sus colores sólo se          puedan ver en su presencia, pero será un buen regalo para la colección de padre.
- Has casi calcado al pájaro, tienes manos de artista, me gusta tu talento. - Edith cogió de la mano                    nuevamente a Lucía para levantarla del suelo. -
- Debemos irnos, antes de que anochezca porque así, sí será peligroso estar por estos lugares.

    Subieron al caballo y galopando por el valle, consiguieron dejar atrás la pradera adentrándose al camino que llevaba a la aldea. Ya casi llegando bajaron del caballo y Lucía puso su capa en la cabeza, dejando extrañada a Edith, le preguntó…

- He observado que usas mucho tu capa cuando estamos en la aldea, ¿temes de algo?
- No, para nada, sólo que me estremecí y me arropé, si tuviera algún secreto créeme que te lo                          contaría. Tengo que decirte que hoy me sentí genial contigo, aunque al principio me parecías dura y muy        seria. - Dijo Lucía.

- Pues yo pensaba que eras más blandengue, más señorita…
- ¡Oye! - Reían a carcajadas. -

    Ambas entraban a la casa riendo después de haber dejado a Fénix en el establo con una buena recompensa, por el día que pudieron disfrutar juntas…

- Bueno se ve que las chicas se caen bien ¿Qué tal lo pasaron, disfrutasteis? - preguntó Martha.
- Muy bien, me traje un recuerdo de ese lugar, lástima que mañana tengamos que regresar, pero me                llevo muy buenas sensaciones de la aldea que no olvidaré.
- Eso quiere decir que volveréis a hacernos una visita, he estado encantado de que estéis cómodas en     mi      humilde hogar, las puertas las tenéis abiertas para cuando volváis a pasar por aquí. - Dijo Elías. 

    Agustina sonrió y miró a Lucía, sus ojos brillaban más que nunca, sabía que había conseguido lo que deseaba, poder sentirse libre, sin temores, sin que nadie fuera amable por ser quien era, el no tener preferencia hacia nada ni nadie. Ser ella misma.

- Lavaros las manos y ayudar a la tía Agustina a poner la mesa. - Mientras Martha cocinaba, las             chicas ponían la mesa, se cruzaban miradas entre llevar y traer el agua y el pan. -

    Curiosa de la vida de Lucía, Edith no paraba de hacerse preguntas, que lanzaba mientras acomodaban el comedor para la cena.

- Y, Lucía, ¿a qué se dedican tus padres? Supongo que estarán bien posicionados, Fénix es un caballo que      debe suponer muchos gastos.
- Bueno, pues… - Lucía miro a Agustina, no sabía qué decirle para no descubrir su secreto. -

Contestó Agustina rápidamente.

- Ellos trabajan tierras, frutos, y animales…
- Sí, sí, Fénix fue un trueque, ¿verdad Agustina?
- Sí, un gran hombre de la nobleza necesitaba unos bueyes para arar su era y así fue su trueque.

Edith miraba a su tía con cara extraña, pero convencida de lo que le decía.

- Sentémonos, la cena ya esta lista. - Martha cargaba una olla de carne y empezó a servir.

     Comían mirando la lumbre de la chimenea, Edith se sentía plena, jamás había empatizado así con nadie, tal vez llegó el momento de descubrirse a sí misma, siempre andaba con chicos por tener sus mismos gustos sobre la cetrería, y nunca se dio la oportunidad de compartir con las chicas de la aldea sus aficiones.

- Esta noche hará frío, subir mantas a la alcoba e intentad dormir, Lucía y Agustina marchan de viaje, yo os      dejare el carruaje y el caballo preparado. - Dijo Elías.

        Las chicas subieron a la alcoba en silencio, tras haber pasado todo el día juntas, ¿quizás no tenían más nada que decirse?, claro que sí, sólo su silencio quería decir una cosa, que llegaba la hora de la despedida y no sabían cuándo volverían a verse de nuevo. 

- Lucía.
- Sí, dime Edith.
- ¿Volverás?
- No lo dudes claro que nos volveremos a ver, pronto, muy pronto te lo aseguro.

Ambas se echaron en la cama y se arroparon, pasados unos minutos calladas…

- Sería mucho atrevimiento si te abrazo contra mí. - Dijo Lucía.
- Claro que no.

     Cayeron sus parpados, tras un suspiro ensordecedor, abrazada sin dejar espacio una entre la otra dejaron sus sueños volar…