viernes, 31 de julio de 2015

La conquista de un Reino. ¨ Capítulo I ¨


    Toda una historia irrumpía en Calatañazor, en el intervalo del siglo XIV - XV en las tierras de Castilla y León, ciudad de Soria, Alfredo y Catalina Reyes de Calatañazor engendraron una preciosa niña a la que llamaron Lucía… 

    Una tormenta se aproximaba por el sur, sus nubes estaban cubriendo los cielos del palacio, sus rayos destellaban con luces sus jardines…

    Lucía, Era una joven con pelo largo, fino, castaño, con unos ojos grandes, soñadores, de nariz chata y labios carnosos, emprendedora, solía destacar de las demás doncellas del reino por su ternura y su poder de convencimiento, le gustaba refugiarse en su alcoba, aunque el jardín era uno de sus paraísos preferidos… 

 - Son de esos momentos en los que me quedaría pegada a la ventana viendo llover, pero el ruido que    provenía de la caballeriza me hizo volver a la realidad, escuché a Fénix relinchar como si algo le        pasara.

     Fénix fue el regalo que el Rey Alfredo compró a la princesa Lucía por sus dieciocho cumpleaños, un caballo blanco de pura sangre, pero tan noble que desprendía ternura. Sabía que la Reina Catalina, no le permitiría salir de palacio con la tempestad que se estaba aproximando, pero si no acudía a verlo no dejaría de llamar su atención.

     Lucía se atrevió a salir de su alcoba. Bajando las escaleras se cruzó con Agustina, el ama de llaves, ella nunca la dejaba ni a sol ni a sombra, órdenes de la Reina. Cuando los Reyes marchaban ella se encargaba de que Lucía no sintiera sus ausencias. Entre ellas existía una complicidad y un cariño por todo ese tiempo que pasaban juntas desde pequeña, Agustina cubría muchas de sus travesuras, para que la Reina no se enfadara.

- ¿Dónde va tan deprisa señorita? 

Y sin casi pararse contestó Lucía… 

- Voy a la caballeriza, por favor Agustina no le digas nada a madre si pregunta por mí, dile que estoy    en mis aposentos, leyendo o pintando. 

- Pero señorita se va a resfriar, y su mamá la castigará por haber desobedecido sus órdenes. 

- Sí, sí, Agustina, te quiero, una vez más, gracias. 

    Esta chica loca no para, y yo que pensaba que ya con su mayoría de edad sentaría un poco la cabeza, pero es tan especial… 

    Aún recuerdo cuando sin pensarlo llegó toda rebosada de hojas de árboles, porque había rescatado un conejito que estaba a punto de caer en un cepo. - Pensaba en voz alta Agustina. 

Fénix estaba demasiado nervioso… 

    Llegando a la caballeriza Lucía prendió el candil y ahí estaba, desbocado, casi sin aliento, los truenos lo estaban enloqueciendo hasta perder sus sentidos. 


- ¿Qué te pasa pequeño? Cómo te has puesto, estás empapado y lleno de paja por todos lados, me         hiciste salir corriendo y también me empapé, mira qué parecemos los dos, mi camisón parece
  casi formar parte de mi cuerpo… 

   Fénix relinchó de manera graciosa, entre ellos existía mucha confabulación, tanta que con sólo mirarse el sabía lo que deseaba Lucía. 

   Seguía lloviendo, mientras tanto Lucía esparcía la paja seca para que Fénix no pasara frío y de un soplido apagó el candil para que desde palacio no se viera la luz de la caballeriza. 

- Sé que estás asustado, Fénix. Sólo podré estar un rato contigo porque si me echan en falta                   levantarán a todo palacio hasta encontrarme y luego me castigarán si me hallan aquí.

     Lucía acariciaba su mejilla y Fénix se tranquilizó rendido a sus pies cerrando sus grandes ojos y así dejo escapar un resoplido… 

   Corriendo se dirigió a palacio, por el momento nadie se había percatado de su ausencia, las nubes, cada vez más, cerraban el cielo del reino dejando que la noche y sus truenos lo estremecieran. Llegaba la hora del baño y Catalina iría como todas las noches a los aposentos de Lucía para acompañarla a cenar… 

La cena ya estaba servida y, como siempre, padre retrasaba su llegada… 

En pie… 

La presencia de Alfredo Rey de Calatañazor, tierras de Burgos. 

- Catalina… Hija… 
- Padre, buenas noches. 

   Se sentaron en la gran mesa, durante la comida casi no se pronunciaban palabras, sólo Lucía discrepaba de todos los demás con sus incertidumbres, aunque con la presencia del Rey todos esperaban una respuesta de él antes de hablar, cosa que la Reina no hacía. 

- Padre, he estado pensando que podría ir a la aldea, necesito útiles para mis pinturas y necesitaría         comprar otros enseres. 

Catalina respondió… 

- Lucía no es de mi agrado que vayas a la aldea, siempre estás inventando para escapar de palacio y       tus obligaciones. 

- Madre discúlpeme, pero no es cierto, necesito carboncillo, y me gustaría saber si hay otros telares       para pintar, no creo que sea nada malo ir a la aldea, no tiene por qué ocurrirme nada. 


El Rey se pronunció… 

- Catalina no seas tan severa con ella, responde con sus obligaciones y si hace falta la acompañará         Agustina para que no vaya sola, ella tiene raíces en la aldea y sabe dónde llevarla. 

- Pero Alfredo, correrán peligro, ¿al menos las acompañará alguno de soldados? 

- No hace falta madre, iremos vestidas de campesinas y pasaremos desapercibidas, así nadie sabrá         quien soy y no correremos peligro alguno. 

    Catalina asintió con la cabeza, no le parecía nada bien que su hija se mezclara con los aldeanos y mucho menos que anduvieran sin soldados, en cualquier momento podían raptarla para extorsionar al Rey y Catalina no soportaría ese sufrimiento. Alfredo era más consentidor, y le gustaba que su hija saliera de palacio y viese realmente lo que le rodeaba para que apreciara en todo momento lo que en sus manos estaba. 

- Gracias padre… Madre, Buenas noches… 

- Buenas noches hija. 

    Lucía preparó todo para su salida a la aldea, estaba emocionada era la primera vez que salía de palacio sin sus padres, aunque resguardada por Agustina, la ama de llaves, y sabía que podría disfrutar y conocer todo aquello como tantas veces soñó, Lucía era una jovencita inquieta y con ganas de aprender, sabía que su mejor compañía le ayudaría a empatizar con los aldeanos sin causar ningún problema, ya que a Agustina le quedaban algunos parientes y estuvo mucho tiempo viviendo en la aldea… 

    La mañana se levantó soleada, el sol brillaba tanto que las hojas caídas de los arboles yacían secas en el suelo, dejándolas crujientes a su paso. 

- Buenos días señorita. Agustina irrumpía en la habitación de Lucía dejando sus ropajes encima de la   cama. 

- Buenos días Agustina, qué ganas tenía de despertar para emprender nuestro camino a la aldea. 

- Señorita ir a la aldea no es un juego, le pediría que me obedeciera en todo momento, una vez allí le     diré el recorrido que haremos. 

- Sí, sí, no lo dudes Agustina. - Marchó Lucía a la caballeriza en busca de Fénix y el carruaje para         desplazarse a la aldea… 

    Allá le esperaba un día entretenido, la fiesta de bienvenida al otoño, mercaderes y trovadores llenaban sus calles de festejos, cantes y bailes… 

A su llegada a la aldea les esperaba un mozo al que dejaron su carro y a Fénix… 

- Buenos días señoritas, veo que vienen de lejos. 

- Buenos días mozo ¿Sería tan amable de dar agua a mi caballo? - Preguntó Agustina. 

- Venimos para visitar a unos parientes y nos hemos encontrado la grata sorpresa de ver que estáis de   festejos. 

- Sí, señora, pues llegaron en un buen día, espero que se diviertan en el festejo del inicio de otoño. 

El mozo les hizo referencias mirando descaradamente los ojos de Lucía y, sonriendo, se despidió. 

- Gracias. - Contesto lucía. 

Lucía vestía una túnica que tapaba su largo cabello, sus ojos color miel destacaban con su piel clara. 

- ¿Dime señorita que desea hacer primero? - pregunto Agustina. 

- Pues paseemos por las calles de la aldea, mezclémonos con los campesinos y campesinas, quiero         sentir su día a día, quiero vivir lo que ellos viven, lo que comen y sentirme libre como ellos. 

Agustina sonrió… 

    Las danzas irrumpían en las calles aldeanas, dando pasos a sus tambores y palos con puntas de fuego lanzados al aire siendo el gran punto de atención entre los caminantes. 

    Pasando entre el tumulto, Lucía bajó su capucha para sentir bien de cerca los sonidos de las danzas, la música y sus tambores… 

    Agustina, vayamos tras ellos, así tendremos música que nos acompañe y pararemos a comprar algo de comida, con el viaje se me abrió el apetito. 

¡Hilos, madejas de gran calidad! ¡Suaves telas para abrigo, para vestido! 

- ¡No me lo puedo creer! ¿qué ven mis ojos? Exclamó un mercader a verla pasar, ¡Agustina!,                 ¡Agustina! Una voz salía tras una mesa expuesta de telares. 

- ¡Elías, primo! Cuánto tiempo. - Se abrazaron dejando a un lado a Lucía. - 

- Y esta hermosa chica, ¿tu hija? 

- No… No, es hija de unos amigos, pero como si lo fuera. 

- Tenéis que ver a Martha, ella se encuentra dos puestos mas allá, visítala se alegrará de verte, os           esperamos para comer en casa, por favor, no faltéis. 

- Sí, si a Lucía no le importa, iremos… 

- Claro que no me importa Agustina será todo un placer para mí. 

    Siguieron caminando y ahí estaba Martha con su mandil puesto, sus jarrones de leche, sus quesos de oveja… 

Martha levantó su cabeza y sonrió. 

- Qué alegría de verte por aquí, hace años que no te veíamos Agustina, ¿cómo te va, mujer?, todos en   la aldea decían que no volverías. 

- Pues ya me ves, aquí estoy de nuevo pero esta vez de visita, no sabía que andabais festejando, veo     que adelantasteis la bienvenida al otoño. 

- Sí, tú sabes, hay que darle salida a los productos de la temporada, después es más difícil venderlos y   debemos mantenernos durante todo el año con lo que podemos. 

- ¿Y esta chica? 

- Soy Lucía, la hija de unos amigos de Agustina. - Lucía y Agustina se miraron mutuamente y               sonrieron guiñándose un ojo. - 

- Vendréis a comer a casa, ¿no? 

- Sí, ya nos invito Elías, ¿y Edith? - Preguntó Agustina. 

- Edith se encuentra cerca del herrero, allá anda con sus arcos y flechas, más tarde nos acompañará. 

- Jajaja, veo que salió con el carácter de Elías, y sus cosas claras. 

    Aprovecharon su paseo para organizar sus compras, con el saco repleto de utensilios, fueron a recoger a Fénix, marchaban hacía casa de Elías y Martha… 

    Caminando, Agustina le pidió que tomase su capa y tapara su cabello, cuanto menos destapada paseara, menos correría la suerte de ser reconocida. 

    Sus ojos color miel brillaban, su felicidad por conocer otros lugares, experimentar sensaciones nuevas, tratar a la gente y ser tratada como si fuera una más, es lo que siempre había deseado… 

- Creo que es aquí Lucía, la sopa de Martha es inigualable, ella se encarga de buscar sus especies y       cortezas para su labor, estoy segurísima que te encantará, no hay otra igual. 

Agustina golpeó la puerta. 

- ¡Adelante chicas! - Las recibió Martha. 

    Pasaron al salón donde Elías prendía la leña en esa gran chimenea para estar más cálidos en la casa mientras comían. 

- ¿Lucía podrías acercarme, esos troncos de ahí? 

- Sí, enseguida Elías, ¿y cómo prendes el fuego? 

- Mira es muy sencillo, sólo has de impregnar esta paja en aceite y friccionar con fuerza la piedra y se   hace la chispa. 

- No sabía que se podía hacer fuego así, realmente fascinante. - Lucía sonrió. 

Irrumpió Edith en casa abriendo la puerta. 

- Madre, padre ya he llegado. 

    De su brazo reposaba su gran camarada, un águila imperial que adoptó como mascota. Un día paseando por el bosque lo encontró con su patita enganchada en unas redes cerca de la orilla del río Milanos. Edith, una joven atlética, de pelo corto brillante, ojos vivarachos color azul intensos, con labios rojos como la cereza, seria, pero a la vez amable, atenta y trabajadora, a la que le encantaba escaparse con los demás jóvenes al bosque y disfrutar de su gran amigo. 

- ¡Dios mío! exclamó Lucía asustada reculando hacia atrás al verle cruzar bajo el arco. 

- ¡Hija! te dije muchas veces que tuvieras cuidado en entrar con Drago a casa, vas a espantar a la           visita. 

- Pero padre si no hace nada, sólo bate sus alas. ¡Tía Agustina! Que alegría de verte, se abrazó               dejando a Drago en su jaula. ¿cómo tú por aquí? 

- Edith, ella es Lucía la hija de unos amigos del lugar de donde venimos. 

- Encantada Lucía. 

- Igualmente Edith. 

   Sonrojadas fueron a la mesa, la noche fue muy amena, en el calor de la lumbre y con buena compañía, Elías contaba como Agustina cayó en el gallinero encima de los huevos que tenía que llevar a casa para comer, entre risas e historias se hizo la hora de descansar… 

- Edith, acompaña a Lucía a tu alcoba, dormirá contigo y la tía dormirá con mamá, yo me quedaré en   la hamaca. 

- Buenas noches a todos. - Se despidió Lucía quedándose fijamente mirando a la lumbre, justo atrás     de ella se acercó Edith susurrándole al oído, quien con fuego juega, mojado se levanta y sonrió. - 

- ¡Muy graciosa! Exclamó Lucía. 

    Lucía no dejaba de sonrojarse mientras subían las escaleras hacia la alcoba donde dormía Edith. Era ese lugar de la casa en el que todo joven quisiera disfrutar de él, un rincón donde esconderse, donde ocultar sus secretos… 

- Lucía, mañana iré al bosque a llevar a Drago, debe volar en su hábitat natural, y me preguntaba si te   apetecería venir a verlo… 

- Me gustaría, pero quiero llevarme un buen recuerdo de este lugar y no quisiera tropezarme con tu       pájaro. 

- Jajaja, tienes miedo… Mientras estés conmigo no te ocurrirá nada, además si lo deseas puedo             llevarte a un lugar donde podrás escuchar los mejores sonidos del bosque. 

    Edith apagó la luz del candil y se hizo el silencio en la habitación, sólo sonaban las chispas de la madera al arder, cómo cada tronco quemado fusionaba con las llamas de la chimenea… 

Cansadas de un día demoledor dejaron caer sus parpados hasta dormir…